Nuestro Sistema de Creencias

 

Un distintivo ministerial predominante de CCN es la gracia dada por Dios para edificar sobre fundamentos doctrinales fuertes basados en las enseñanzas bíblicas de los apóstoles y profetas, y edificar de acuerdo a un patrón o diseño bíblico claro y concreto. Este distintivo no hace a CCN superior a otros, pero sí nos hace únicos y crea una demanda para que seamos un recurso para otros ministerios.

Uno de los valores fundamentales de CCN es establecer las doctrinas fundamentales de los apóstoles y profetas en la vida de cada creyente (Ef. 2:19-22). Como tal, ponemos una gran prioridad a que tengamos un entendimiento certero de las Escrituras y su aplicación al mundo, el creyente y la Iglesia en general. Por esta razón requerimos que los líderes de CCN se sometan a un proceso educacional intensivo para aprender la correcta aplicación de la Hermenéutica Bíblica (la ciencia y arte de interpretar las Escrituras). Creemos que cada líder debe tener un fuerte deseo de mostrarse aprobado delante de Cristo como obrero que no tiene de qué avergonzarse, analizando correctamente la Palabra de Verdad (2 Ti. 2:15).

Tristemente, muchos líderes cristianos ven doctrina como fuente de división en lugar del fundamento sobre el cual la Iglesia está asentada. Muchos líderes prominentes se contentan con predicar un “evangelio de autoayuda” o enfocar en “asuntos relacionales o populares” con el fin de alcanzar las masas. En otras palabras, “darle a las masas lo que quieren”. Muchas veces evaden enseñar y predicar la doctrina correcta para evitar la reducción en el tamaño de su audiencia o congregaciones. Creemos firmemente que estos líderes están llevando a la Iglesia por un camino “sin salida”. Si la sal pierde su sabor o su habilidad de preservar, ¿para qué sirve? Será desechada. Y con buena razón, ¿quién quiere una sal insípida? Mientras la Iglesia está poco a poco siendo conducida a ser “como el mundo” para poder “alcanzar el mundo”, lentamente está perdiendo su sabor y eventualmente será desechada.

Como cristianos, debemos ser “sal” y “luz” a una generación que está caminando en tinieblas. Debemos completar la gran comisión proclamando y modelando una verdad que resuena profundamente dentro de los elegidos de Dios y hacer discípulos de todos aquellos que profesan la fe. Pero, ¿cómo puede ser hecho? A través de la enseña de la sana doctrina, de manera que vengan a un mayor entendimiento de Dios, Sus atributos, Sus caminos, Sus propósitos y cómo Él se relaciona con el hombre.

Creemos que toda doctrina debe proceder de y alinearse con las Sagradas Escrituras ya que ellas son la Palabra de Dios infalible e inerrante (sin error). Sin embargo, solamente el Espíritu Santo puede iluminar la mente del creyente para que pueda entenderlas y aplicarlas a su vida. Creemos que un método ortodoxo (Gramatical/Histórico) de hermenéutica bíblica debe ser usado cuando se estén interpretando las Sagradas Escrituras para poder entender certeramente la intención y contexto de las mismas.

Afirmamos que la doctrina (sana) ortodoxa ha sido documentada y defendida a través de la historia cuando los concilios (sínodos) de la Iglesia, compuesta de reconocidos teólogos se han reunido para discutir, debatir y defender las doctrinas de la Iglesia. Como resultado de estos consejos, se desarrollaron credos y confesiones para resumir sus conclusiones y entendimientos. CCN reconoce los siguientes credos ecuménicos como sana doctrina:

  1. El Credo de los Apóstoles
  2. El Credo de Nicea
  3. El Credo Atanasiano

CCN también reconoce el valor de las confesiones enumeradas abajo como sana doctrina en todas sus partes con excepción de su posición sobre el tema “Los Sacramentos del Bautismo en Agua y la Cena del Señor”. Creemos que estas prácticas son solamente símbolos de una obra supernatural e interna y no son requeridas como un medio de salvación o para ser miembro del Cuerpo de Cristo o Su Iglesia, ni la Iglesia tiene que practicarlas para estar en obediencia a Cristo. Creemos que estas prácticas son traídas del sistema Mosaico y que si se practican o no, no hacen diferencia en el estado del creyente ante Dios o dentro de la Iglesia:

  1. Confesión Belga
  2. Catecismo de Heidelberg
  3. Segunda Confesión Helvética
  4. Confesión de Westminster
  5. Cánones de Dort
  6. Confesión Belhar

CCN ha resumido su sistema básico de creencias en forma de una “Declaración de Creencias”, escrita en lengua vernácula actual. Esta declaración es solamente un resumen de las doctrinas que sostenemos y afirmamos. No es considerada exhaustiva; en este respecto, la Sagrada Escritura es la base de toda doctrina y reconocemos su autoridad por encima de las demás. También reconocemos los credos y las confesiones enumeradas arriba con las excepciones mencionas, como un resumen certero de las doctrinas que se encuentran en la Sagrada Escritura.

CCN cree firmemente que debemos estar unidos en doctrina (revelación) para poder ser efectivos en expandir y edificar Su Reino. Tenemos tolerancia por las creencias de otros, pero dentro de CCN, todas las iglesias y líderes deben estar de acuerdo y sujetarse a la “Declaración de Creencias” provista abajo. Creemos, sin embargo, en la iluminación progresiva de Cristo y Su Santa Escritura. Como tal, el Consejo Apostólico puede de tiempo en tiempo enmendar o expandir la “Declaración de Creencias” para aclarar o definir la posición de CCN en relación al entendimiento de la Escritura y/o su interpretación a luz de los cambios sociales. Cualquier cambio a la “Declaración de Creencias” es considerado un asunto muy importante y es precedida por una convocación de un sínodo compuesto del Consejo Apostólico y representantes de las iglesias de CCN en buen estado. El propósito de este sínodo es para buscar plenamente y debatir las Escrituras usando el método de hermenéutica bíblica para la interpretación de las Escrituras pre-establecido en CCN. Sin embargo, la decisión final descansa en el Consejo Apostólico que esté presidiendo al momento.

Teniendo el mismo espíritu de Fe creemos; por lo cual, confesamos, enseñamos y predicamos...

 I.     Teología: La Doctrina de Dios

A.   La Doctrina de la Revelación: ¿Cómo Dios se Revela a Sí Mismo?  

Creemos que la misma luz de la naturaleza que hay en el interior de la conciencia humana y las obras de la creación de Dios revela claramente Su existencia; por tanto, la humanidad no tiene excusa delante de Él. Este tipo de revelación se conoce en términos teológicos como “Revelación General”. General en cuanto a que es accesible a todos. También se conoce como “Conocimiento Sensorial”, el cual se define como conocimiento natural y científico establecido mediante los cinco sentidos humanos (Romanos 1:18-25; Salmos 19:1-3; Hechos 17:23-30; Mateo 16:13-17; Gálatas 1:11-12, 16).

 B.   La Revelación de las Santas Escrituras (inspiradas, infalibles, plenarias, canonizadas) 

Su Palabra y Su Espíritu le revelan a Él, de modo suficiente y efectivo, a los hombres para su salvación, santificación y glorificación. Esto se identifica como conocimiento “especial” o “particular” porque es comunicado por medios extraordinarios y no proviene de la esfera natural; siendo el “medio” el Espíritu Santo de Dios (Mateo 16:17; Gálatas 1:15-16). Es “particular” en cuanto a que la gracia soberana de Dios escoge a quién, cuándo, dónde y cómo se revela Él a la mente y el corazón del hombre (Mateo 11:25-28; 13:10-11, 13; 16:17; Gálatas 1:11-12, 15-16; Hechos 16:14; 1 Corintios 2:7-12, 15; 2 Corintios 3:14-17, 18; Lucas 24:13-16, 27, 30-31, 32, 44-45).

        (Contenido extraído del Catecismo Mayor de Westminster [1648])

 Creemos y confesamos que las Escrituras canónicas de los santos profetas y apóstoles (Antiguo y Nuevo Testamento) tienen suficiente autoridad como la Palabra de Dios verdadera y no son de origen humano. Porque Dios mismo habló a los padres, profetas, apóstoles y aún nos sigue hablando a nosotros por medio de las Santas Escrituras.

 Por tanto, creemos que estas Escrituras han de ser valoradas por contener verdadera sabiduría y poder para la reforma y el gobierno de las iglesias, enseñanza en toda manera de vivir y obligaciones piadosas, la confirmación de la doctrina y la confrontación de todo error, según la exhortación del apóstol Pablo (2 Timoteo 3:16; 1 Timoteo 3:14-15).

 Creemos que la regla infalible de interpretación de la Escritura es utilizar la Escritura misma; así, cuando hay una pregunta sobre el verdadero y pleno sentido de cualquier Escritura (cuando no es múltiple, sino que requiere una interpretación verdadera), debe examinarse y compararse con otras Escrituras de referencia que hablen con mayor claridad.

 En armonía con esta creencia, CCN se suscribe a un sistema uniforme de hermenéutica bíblica que utiliza métodos, leyes, principios y reglas de interpretación derivados del contexto de la Escritura misma (2 Timoteo 2:15; Efesios 2:11-12).

 

La Escritura es el juez supremo mediante el cual se examinan todas las controversias de doctrina, prácticas religiosas, todos los decretos de concilios, opiniones de escritores de antaño, doctrinas de hombres y espíritus, siendo revelado el resultado de este proceso mediante el Espíritu Santo y mediante la Escritura.

 

Cuando la Palabra de Dios es predicada, es la Palabra de Dios que ha de considerarse sobre todo lo demás. Esto incluye el llamamiento del ministro (Gálatas 1:6-9). Incluso si se descubre que él es malvado o ha pecado, aun así la Palabra de Dios sigue siendo verdad y buena. Creemos que cuando ministros legítimos predican de la Escritura, Dios ilumina interiormente los corazones de los hombres mediante el Espíritu Santo (2 Corintios 4:6-7; Hechos 16:14).

 

C.    La Doctrina de la Deidad de la Trinidad (Colosenses 1:19)

Creemos según las Escrituras del Antiguo y el Nuevo Testamento, que dentro de la unidad de la Deidad hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El mismo en sustancia e iguales en poder y gloria; atribuyéndoles nombres, atributos, obras y adoración que son adecuados para Dios (Isaías 6:3, 5, 8, comparar Juan 12:41; Hechos 28:25; 1 Juan 5:20; Hechos 5:3-4; Juan 1:1; Isaías 9:6; Juan 2:10,11; Colosenses 1:16; Génesis 1:2; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14).

 

La doctrina de la Santa Trinidad siempre ha sido defendida y mantenida por la Iglesia verdadera desde los primeros apóstoles hasta el presente, contra judíos, mahometanos y falsos herejes cristianos, como Marción, Manes, Praxeas, Sabellius, Samosatenos y Arrio, quienes fueron justamente reprendidos por los líderes ortodoxos de la Iglesia.

 

1.¿Por qué enseñamos la doctrina de la Santa Trinidad?

 

Cuando se trata de la doctrina de la Trinidad, debemos primero reconocer que según la Escritura, se considera un misterio. Por tanto, como dice J. I. Packer: “la formulación histórica de la Trinidad... busca circunscribir y salvaguardar este misterio y no explicarlo; que está más allá de nosotros, y nos confronta quizás con la idea más difícil que se haya pedido nunca a la mente humana que maneje. No es fácil, pero es verdad”.

 

En términos prácticos, estudiar la doctrina de la Trinidad nos ayuda a entender el plan de redención de Dios Padre, el sacrificio de Dios Hijo y el sello de Dios Espíritu Santo (Efesios 1:4, 5-7, 13-14; 1 Corintios 1:4-7; 26-31; 2:4-8). Jesús, antes de ir a la cruz, habló mucho sobre la naturaleza trina de Dios a Sus discípulos (Juan 13─17). Nuestras creencias con respecto a la deidad de Jesucristo determinarán de modo conclusivo lo que creemos sobre la doctrina de la Trinidad (Isaías 9:6-7; 1 Timoteo 3:15-16).

 

Debemos evitar el error doctrinal acerca de la doctrina de la Trinidad. Muchas herejías se han perpetuado con respecto a esta doctrina a lo largo de la historia de la Iglesia hasta el día de hoy. La doctrina de la trinidad sencillamente afirma: Dios es tres personas, cada persona es plenamente Dios y hay un solo Dios.

 

2.Las tres principales herejías que contradicen la doctrina de la Trinidad son:

 

Modalismo: las personas dentro de la Deidad son maneras en las que Dios se expresa a Sí mismo, como declara la Teología de la Unidad. En otras palabras, Dios se expresa a sí mismo como “Padre”; como “Hijo” y como el “Espíritu Santo”. El modalismo enseña que Dios es “sucesivamente” Padre, Hijo y Espíritu Santo. No considera al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como tres personas particulares en su relación de la una con la otra, sino tres distintas manifestaciones de una persona divina. Dios se reveló a sí mismo sucesivamente primero como el Padre-creador, después como el Hijo-redentor y finalmente como Espíritu-sustentador y dador de gracia. En otras palabras, Dios Padre se reveló en el Antiguo Testamento, Dios encarnado se reveló como el Hijo en los Evangelios, y Dios Espíritu se reveló en las Epístolas. Algunas denominaciones pentecostales actuales se adhieren a esta doctrina, predicando “Solo a Jesús” en el bautismo. Sin embargo, muchas Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, revelan a Dios manifestado en tres personas distintas relacionándose unas con las otras simultáneamente.

 

Arianismo: es una enseñanza propagada por Arrio, quien enseñaba que Jesucristo era el ser más elevado creado por Dios. Cristo era plenamente humano, pero no plenamente Dios. Él era una criatura y no era divino. Esta es la creencia de los Testigos de Jehová. Sin embargo, la enseñanza de Arrio fue condenada como herética en el Concilio de Nicea en el año 325 d. C.

 

Triteísmo: enseña que hay tres dioses distintos, como en el mormonismo y el hinduismo. Enseña que la Trinidad consiste de tres seres iguales, independientes y autónomos; cada uno de los cuales es divino. Por tanto, esta doctrina enfatiza la pluralidad de la Deidad.

 

La doctrina de la Trinidad queda resumida en una cita del destacado teólogo E. A. Park: “por un lado la doctrina de la Trinidad no afirma que tres personas están unidas en una, o tres seres en un solo ser, o tres Dioses en un solo Dios (tri-teísmo); ni por otro lado, que Dios meramente se manifiesta de tres maneras diferentes (modalismo); sino más bien que hay tres distinciones eternas y personales en la sustancia de Dios”.

 

3.Hay implicaciones prácticas en la doctrina de la Trinidad. Hace que el creyente viva un estilo de vida trinitario con los siguientes atributos:

 

a.Humildad: Es un misterio infinito y complejo que tres personas distintas y a la vez indivisibles, en esencia de naturaleza y sustancia divina, demuestran la virtud de la humildad y la dignidad en su interdependencia los unos con los otros dentro de la Deidad.

 

b.Amor: El amor emana del Dios trino. (1 Juan 4:7)

 

c.Adoración: Adoramos al Padre a través y en el Hijo por medio del Espíritu Santo.

 

d.Relacional: La Deidad se relaciona mutuamente buscando la gloria de cada uno. (Juan 1:1-3)

 

e.Unidad con diversidad: “Perichoresis” era el término griego que utilizaban los teólogos para describir la Trinidad como una comunidad circular de tres personas igualmente interrelacionadas, siendo cada una de ellas distinta de la otra y a la vez interdependientes la una de la otra.

 

f.Sumisión: (Juan 17:1-3).

 

g.Gozo y placer: Gloriarse en algo es disfrutar, deleitarse y agradarse, dando como resultado alabanza y acción de gracias.

 

Nosotros experimentamos estos atributos cuando el Espíritu Santo presenta nuestras vidas a la vida de la Deidad de la Trinidad. Estos atributos son manifestados primero dentro del Cuerpo de Cristo y después son expresados al mundo al que servimos.

 

D.   La Providencia de Dios

 

Dios, el gran creador y sustentador de todas las cosas dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, actos y cosas, desde el mayor hasta el menor, con Su providencia sabia y santa, según Su infalible omnisciencia y el libre consejo inmutable de Su propia voluntad, para alabanza de la gloria de Su sabiduría, poder, justicia, bondad y misericordia. Esto significa que Dios al crear el mundo y todo lo que hay en él, no lo abandonó para que siguiera su propio curso independientemente de Él como dar cuerda a un reloj y después dejarlo funcionar por sí solo. Por el contrario, Él está íntimamente involucrado en Su creación y en la historia de la humanidad. La creación es el escenario que Él mismo estableció para el despliegue de Su drama progresivo de Su historia redentora relacionada con Su Hijo y la humanidad (Hebreos 1:3; Daniel 4:34-35; Salmos 135:6; Hechos 17:25-28; Job 38; 39; 40; 41; Proverbios 15:3; Salmos 33:10-11; 94:8-11; 104:24; 145:17; Mateo 10:29-31; Hechos 15:18; Efesios 1:11; 3:10).

 

II.    Antropología: La Doctrina del Hombre

 

A.   La Creación del Hombre (Génesis 1:27-28; 2:7, 8-9, 15-17)

 

Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza como un ser espiritual. Se le dio un alma capacitada con facultades de razonamiento inherentes. Su intelecto fue dotado con la capacidad de recibir y retener íntimo conocimiento de Dios por Su Espíritu de vida. Sus capacidades emocionales fueron creadas para conformarse a Su justicia y santidad. La ley de Dios fue escrita en su corazón y se le dio una voluntad para cumplirla ejerciendo dominio sobre toda criatura viviente. Sin embargo, se le dio la libertad de su propia voluntad, lo cual significaba la posibilidad de transgredir. La ley fue escrita en su corazón y se le ordenó que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal. Mientras cumplía ese mandamiento era feliz teniendo comunión con Dios y reinando sobre todas las criaturas (Eclesiastés 12:7; 7:29; Romanos 2:14-15; Efesios 4:24; Colosenses 3:10; Génesis 31:6).

 

Pacto de Dios con el Hombre

 

Desde el principio Dios creó al hombre según Su diseño para relacionarse con Él basado en términos de pacto. A lo largo de la Escritura, la historia de redención de Dios y Sus tratos con Su pueblo escogido se describen con lenguaje de pacto. A fin de entender Su historia redentora, hay que familiarizarse con los términos estipulados en cada uno de los pactos divinos que Dios progresivamente estableció en las diferentes dispensaciones de tiempo.

 

El primer pacto que fue hecho con el hombre está clasificado como un pacto de obras, en el que se dio vida a Adán y le fue prometida su posteridad bajo la condición de obediencia perfecta y perpetua al mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17).

 B.   La Caída del Hombre Relacionada con el Pacto

 

Cuando Adán violó los términos del pacto original de Dios, él, por su propia culpa, estuvo sujeto al justo juicio de Dios. Cada facultad de su ser (alma) se volvió corrupta y sujeta a diversas maldiciones y a la muerte. Como consecuencia, toda la humanidad, siendo descendiente de él por generación ordinaria, pecó y cayó con él en su transgresión. Su posteridad estaba inherentemente sujeta al mismo juicio al ser participante del mismo pacto.

 

El hombre en su pecado y muerte se volvió incapaz de obtener la vida de Dios al quebrantar el primer pacto de obras. Sin embargo, agradó a Dios establecer un segundo pacto, comúnmente llamado, el pacto de la gracia. Dentro de este pacto, Dios ofrece libremente vida y salvación por medio de Jesucristo a quienes Él ha ordenado para vida eterna. El Espíritu Santo los hace estar dispuestos y capaces de creer en Él (Génesis 3:15; Gálatas 3:11; Romanos 8:3; Ezequiel 36:26-27).

 

Con frecuencia se hace referencia a este pacto en la Escritura como un “Testamento”, siendo Jesucristo el “Testador” que murió y siendo la “herencia” vida eterna y todas las cosas pertenecientes a ella (Hebreos 9:14:17; 7:22).

 

Este pacto, identificado como el pacto eterno (Hebreos 13:20), está categóricamente relacionado con el evangelio eterno (Apocalipsis 14:6) y ha sido administrado a lo largo de diferentes dispensaciones de tiempo, bajo diferentes patriarcas (por ej., Noé en Génesis 6:8, 18 y Abraham en Génesis 12:1-3; Gálatas 3:8), bajo la Ley mosaica (Hebreos 9:1, 8-11; 10:1, 5-10), mediante promesas, profecías, sacrificios, la circuncisión, el cordero pascual y otros tipos y ordenanzas entregados a los judíos, TODOS los cuales apuntaban hacia la venida de Cristo y DURANTE ESE TIEMPO, suficientes y eficaces, mediante la operación del Espíritu, sirvieron para instruir a los elegidos en la fe en el Mesías prometido, mediante el cual ellos tenían remisión de pecados y se les prometía salvación eterna; y esto se denomina el Antiguo Testamento o Viejo Pacto (Hebreos 8:13).

 

Cristo es el cumplimiento y la sustancia de este pacto que es manifestado y administrado mediante la enseñanza y la predicación de la Palabra (evangelio). Al comparar el Viejo Pacto (mosaico) y el Nuevo Pacto, vemos que el Nuevo Pacto es administrado con más sencillez y menos gloria exterior; sin embargo, tiene mucha más plenitud, evidencia y eficacia espiritual para todas las naciones, tanto judíos como gentiles. En consecuencia, no hay dos pactos de gracia, diferentes en sustancia, sino uno y el mismo, administrado bajo varias dispensaciones (2 Corintios 3:6; Efesios 2:10-21; 3:5-7).

 

C.    Libre Albedrío e Incapacidad

Este tema ha generado muchos debates a lo largo de la historia, tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad en general. Y, sigue siendo debatido hasta la fecha de hoy. Sin embargo, no podemos escapar a la influencia que este tema ha tenido relacionado con varios campos de las ciencias (por ej., filosofía, teología, psicología, sociología, ética, derecho, etc.) y el modo en que se relacionan.

 

La realidad del hombre depende de sus creencias acerca del concepto del “libre albedrío” y su capacidad y/o incapacidad con respecto a la soberanía de Dios, específicamente en lo que concierne a la teología y la filosofía. Tiene un efecto directo en la perspectiva de la persona sobre Dios, la composición del alma del hombre y su función, y más particularmente, la relación de la persona con Dios. También determina la creencia de la persona en relación con otras doctrinas fundamentales relacionadas, como: la soberanía de Dios con respecto a Sus atributos divinos (por ej., omnisciencia, omnipotencia, etc.), la doctrina del pecado (los efectos sobre las facultades humanas), las doctrinas de la gracia (por ej., elección, redención, etc.), la doctrina del Espíritu Santo (Sus operaciones con respecto a Sus obras de salvación) y finalmente, lo que uno cree que el testimonio de la Escritura misma enseña con respecto a esta doctrina.

 

1.Definición del concepto de “libre albedrío”

 

“Libre albedrío” es un concepto filosófico y teológico que básicamente dice que el hombre, como agente moral, tiene la facultad inherente de la “voluntad”; es decir, de escoger sus pensamientos y su curso de acción. ¿Pero hasta qué grado es libre el albedrío del hombre, especialmente en cuanto a su relación con la soberanía de Dios y los efectos del pecado como resultado de la caída del hombre? Este es un punto de controversia complejo y hay muchos argumentos o posiciones. Pero este es el corazón del asunto y demanda una mayor explicación.

 

Al considerar el concepto de “libre albedrío” en términos de ser absolutamente y totalmente libres de cualquiera y todas las influencias externas e internas, la condición de la voluntad del hombre se revela en las Escrituras a lo largo de las diversas etapas de la historia de redención. A continuación se proporciona una discusión de esas etapas.

 

2.La Soberanía de Dios y la Responsabilidad Humana

 

La Escritura enseña ambas: la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. Sin embargo, algunos creen erróneamente que estos dos conceptos son mutuamente exclusivos, haciendo hincapié en uno a expensas o disolución del otro. Sin embargo, sobre este asunto creemos que la Escritura enseña que ambas verdades son mutuamente compatibles y complementarias la una con la otra, aunque se da a cada una su lugar adecuado y en el orden en el cual lo revela la Escritura. Dicho con sencillez: “Que Dios sea Dios y el hombre sea hombre”.

 

La soberanía de Dios otorgó al hombre una “voluntad”, y esa voluntad, según la Escritura, es ejercitada “libremente, bajo y dentro del ámbito de la voluntad de Dios. Al establecer este punto, vemos que la libertad del hombre es medida en relación con el diseño y la creación de Dios. En el libro de Génesis vemos que la gracia soberana de Dios inició la creación del hombre, incluyendo su voluntad y sus facultades. Dios formó al hombre del polvo de la tierra (anatomía física) y sopló en su nariz el aliento (espíritu) de vida que “causó” y “dio como resultado” que él se convirtiese en un “alma” (psique, traducido del término hebreo “nephesh”) viviente. Como tal, el alma contiene inherentemente la semejanza de Dios con respecto a Sus facultades, siendo esas facultades intelecto, emoción y voluntad.

 

La facultad de la “voluntad” es un subproducto de la creación del Espíritu de Dios. Con respecto a las otras facultades, se considera como un “siervo” y no “soberano”. La voluntad del hombre es influenciada por los pensamientos y deseos que corresponden a la naturaleza que él posee inherentemente en cualquier estado espiritual dado de su vida, sea esa naturaleza divina o pecaminosa (Efesios 2:1, 3; 2 Pedro 1:4). Cuando el hombre ejerce la facultad de su voluntad, básicamente está ejecutando y manifestando la naturaleza de sus pensamientos, deseos, imaginaciones y motivaciones. Aunque se puede intentar argumentar que la voluntad del hombre es finalmente libre de cualquier coerción y persuasión externas, nunca es libre de la naturaleza inherente que determina cada uno de sus pensamientos y deseos. Es muy importante que consideremos este punto ya que se relaciona con el hecho bíblico de que SÓLO DIOS puede cambiar y regenerar la naturaleza del hombre pecador.

 3.¿Cuán Libre es la Voluntad del Hombre?

 Incluso en el estado de inocencia del hombre, Dios dio parámetros a su voluntad. Dios estableció un mandamiento que requería que el hombre viviese dentro de los límites de obediencia o desobediencia. Dios le dijo al hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). La libertad original que Dios había diseñado para el hombre se vio gravemente reducida cuando Adán buscó su propia libertad personal y quebrantó los parámetros prestablecidos de Dios y delineados por Su mandamiento. Adán perdió su libertad y se volvió esclavo dentro de los confines del pecado y la muerte, en las dimensiones tanto internas como externas de su existencia. El ámbito externo de la creación se volvió sujeto a la corrupción, y la naturaleza interna del hombre heredó la naturaleza del árbol del cual comió: el bien y el mal. Desde ese momento en adelante, la “voluntad” del hombre se vio limitada a escoger entre el bien o el mal, pero cualquiera de esas elecciones resultó en muerte, queriendo decir que estaba destituido de la vida de Dios. Y aun de mayor consecuencia es el hecho de que dejaba al hombre sin acceso a la naturaleza representada por el árbol de la vida. Sólo Dios podía proporcionar ese acceso al hombre, pero sería exclusivamente y absolutamente según Sus propios términos.

 

Esta importante doctrina se explica con más amplitud a medida que veamos las diferentes etapas de la “voluntad” y la “capacidad” del hombre con respecto al progresivo plan de redención de Dios concerniente a la facultad de la voluntad del hombre.

 

4.Seis etapas de la condición de la voluntad del hombre

 

a.Antes de la Caída - El hombre en su estado de inocencia tenía libertad y poder para querer y para hacer lo que era bueno y agradable a Dios; pero aun así, su condición era mutable, queriendo decir que era capaz de caer de ella (Génesis 2:16-17; 3:6). Simplemente dicho, el hombre tenía la capacidad de pecar y la capacidad de no pecar.

b.Durante la Tentación - Al estudiar los complicados detalles de todo el proceso empírico de la tentación del hombre, vemos que la tentación por parte de la serpiente comenzó como una influencia externa, pero dio como resultado una tentación interna, afectando las facultades inherentes de su alma (capacidades de razonamiento, emociones, deseos, imaginaciones, ego, voluntad) (Génesis 3:1-6).

c.Después de la Caída - El hombre, al caer en un estado de pecado, perdió toda voluntad o deseo de hacer cualquier bien espiritual que correspondiera a o tuviera que ver con la salvación. Así que, como un hombre natural (1 Corintios 2:14), se volvió esclavo “del” pecado y muerto “en” pecado. Es incapaz por su propia cuenta de liberarse a sí mismo o de prepararse a sí mismo para la salvación (Efesios 2:1-3; Juan 8:33, 34, 38, 40-44).

d.En la Redención - Cuando Dios regenera al hombre pecador (Efesios 2:1a, Tito 3:5) y le traslada a un estado de gracia (Romanos 5:1-2), es liberado de su atadura natural bajo el pecado (Efesios 2:1-3; 4-10; Juan 8:34, 36) y solamente por Su gracia es capacitado para querer y hacer aquello que es espiritualmente bueno y aceptable Dios (Filipenses 2:13; Romanos 6:18, 22). El proceso de salvación es como sigue: el entendimiento del hombre es abierto (iluminado), sus emociones y deseos son cambiados y su voluntad es liberada.

e.La Condición Presente del Creyente (Romanos 7:12 - 8:5) - Aunque el creyente en Cristo es participante de la naturaleza divina de Dios mediante la renovación del Espíritu, el pecado sigue estando presente dentro de su naturaleza humana. Este pecado influencia su alma, generando una continua tensión interior y conflicto contra la naturaleza del Espíritu que habita en él. El apóstol Pablo describe este conflicto interior en la siguiente Escritura:

 

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17).

 

“Por tanto, la corrupción que sigue permaneciendo en la vida del creyente hace que no siempre “quiera” perfectamente aquello que es bueno, sino también lo que es malo.” (Romanos 7:15, 18-19, 21, 23).

 

f.El Estado Final de Gloria del Creyente - La voluntad del hombre es hecha perfectamente e inmutablemente libre para hacer solamente el bien en el estado de gloria (Efesios 4:13; Hebreos 12:23; 1 Juan 3:2; Judas 24). ¡Ahí está nuestra gloriosa esperanza! Entre tanto, mientras estemos aquí en la tierra, experimentaremos un continuo proceso de santificación (Romanos 12:1-2; 2 Corintios 3:18), gemido (Romanos 8:23) y dolores de parto (Gálatas 4:19) debido a nuestra lucha interior e indescriptibles incoherencias en la búsqueda de ir de gloria en gloria, hasta que finalmente seamos liberados de este cuerpo de muerte (Romanos 7:24-25; Romanos 8:23; 1 Corintios 15:50-58).

 

En resumen, hay solamente tres humanidades creadas identificadas a lo largo de la historia de redención de Dios en términos de la voluntad del hombre y su capacidad de escoger la obediencia o la desobediencia a la voluntad de Dios (mandamiento): (1) Adán antes de la caída con la capacidad de pecar o no pecar; (2) el Dios-Hombre, Jesucristo, como el segundo Adán y (3) el Cuerpo de Cristo, formado por creyentes que son regenerados y capacitados por Espíritu de Dios que nos habita. La capacidad de cada uno de pecar o no pecar es revelada de acuerdo al testimonio de la Escritura sobre el asunto.

 

III.  Cristología: La Doctrina de Cristo

 

Como dijimos anteriormente, creemos en la deidad de Cristo y le reconocemos como el Dios-Hijo eterno que es co-igual en Su existencia dentro de la Deidad de la Trinidad en relación con Dios Padre y Dios Espíritu Santo. A fin de entender la deidad de Cristo, debemos primero entender la naturaleza de Cristo, Sus papeles relacionados con nuestra redención eterna y Sus diferentes dispensaciones relacionadas con la historia de redención de Dios.

 

A.   La Naturaleza de Cristo

 

Creemos que la unión y distinción de las dos naturalezas de Cristo (el Dios-Hombre) es un misterio glorioso (1 Timoteo 2:5; Romanos 9:5; 1 Timoteo 3:15-16). No hay dos hijos de Dios, ni tampoco dos personas, sino dos naturalezas en una misma persona, y cada una de ellas retiene sus propias propiedades distintivas. Esto implica que Su naturaleza divina sigue siendo increada en su estado eterno; mientras que al mismo tiempo, Su naturaleza humana sigue siendo creada con las propiedades del cuerpo. Aunque Su cuerpo ha experimentado resurrección y ha recibido inmortalidad, la realidad de Su naturaleza humana no ha cambiado. Esto es de particular importancia para nuestra creencia ya que nuestra salvación y resurrección dependen de la realidad de Su cuerpo. ¡Confesamos entonces que Él es muy Dios y muy hombre! Este fue un requisito previo establecido dentro del consejo de la Deidad a fin de que Cristo estuviera calificado en Su papel como mediador y otros oficios y funciones relacionados para procurar la redención y la bendición del hombre (Apocalipsis 13:8; Hebreos 10:5-7; 9:14-15).

 

¿Cómo Cristo, siendo el Hijo de Dios, se hizo hombre?

Creemos que Cristo el Hijo de Dios se hizo hombre adoptando un cuerpo verdadero y un alma con razonamiento preparada para Él por Dios y concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María. Él era de la sustancia de ella, y nacido de ella, pero sin pecado (Juan 1:14; Hebreos 10:5; Gálatas 4:4; Lucas 1:27, 31, 35, 42; Hebreos 4:15; 7:25).

 

Las Dos Principales Dispensaciones Distintivas de Jesucristo

 

Creemos que la Escritura hace una distinción de dispensaciones con respecto a Cristo en los dos pactos principales: el Pacto Mosaico conocido como el Viejo Pacto, y el Pacto de la Gracia conocido como el Nuevo Pacto (Hebreos 8:13). Bajo el Viejo Pacto, Cristo, en Su humanidad, es identificado como Jesús de Nazaret (Hechos 2:22; 10:38), varón judío, nacido de una mujer, bajo la Ley (Gálatas 4:4) para cumplir la Ley, ofreciendo Su cuerpo como el Cordero sacrificial de Dios (Juan 1:36) para redimirnos de todas las maldiciones pronunciadas en ella (Deuteronomio 28:1-14) debido a todas las transgresiones cometidas bajo la Ley (Hebreos 9:15; Gálatas 3:13). Sin embargo, este mismo Cristo inauguró el Nuevo Pacto mediante Su muerte, sepultura y resurrección. Él es conocido por la Iglesia como el Cristo glorificado, ascendido y entronado, quien ahora habita en cada miembro por Su Espíritu y es identificado actualmente como Cristo en nosotros, la esperanza de gloria. Por tanto, poseemos todas las inescrutables riquezas de este maravilloso misterio de Dios (Colosenses 1:27; 2:2-3).

 

El apóstol Pablo habla de la distinción entre estas dos dispensaciones del pacto y el modo en que cada una se relaciona con la revelación de Cristo cuando dijo: “De manera que nosotros DE AQUÍ EN ADELANTE a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, YA NO lo conocemos así” (2 Corintios 5:16, énfasis añadido). Con respecto a edificar Su propia Iglesia, Dios mismo estableció el principio de conocer a Cristo según Su verdadera identidad, en y por el Espíritu, y no según quién era Él en la carne (Mateo 16:13-18).

 

¿Por qué es tan importante que creamos esta verdad?

Esta verdad es de vital importancia porque revela la verdadera identidad del creyente en Cristo como un hijo espiritual de Dios, y no basado en características naturales como la del género (varón o hembra) o etnia (judío o gentil). Como hijo de Dios, la persona descubre continuamente lo que significa ser hallado en Cristo, ¡el Hijo de Dios a quien el Padre ama y en quien se agrada y se deleita! (Mateo 3:17). Como creyentes, no somos definidos sobre la base de la identidad humana de Cristo (Gálatas 3:26-28; 4:6-7; Efesios 1:4-6; Romanos 8:15-17; 1 Juan 3:1) sino sobre Su identidad espiritual. Cuando una iglesia no está arraigada en la identidad de Cristo, experimentará las mismas consecuencias que experimentaron los miembros de la Iglesia en Corinto y que Pablo tuvo que confrontar, siendo estos conflictos raciales y étnicos, actitudes de superioridad o de inferioridad basadas en el estatus social o la posición dentro del Cuerpo basada en los dones o la función, e identificarse con un ministerio apostólico en particular en exclusión de otros (1 Corintios 12:13-17; 3:3-5).

 

Cristo, nuestro Mediador del Pacto de la Gracia

 

Jesucristo es el único mediador del pacto de la gracia, quien siendo el Hijo de Dios eterno, de una sustancia e igual al Padre, en el cumplimiento del tiempo se hizo hombre. Por tanto, Él era y continúa siendo Dios y hombre, en dos naturalezas totalmente distintas, y una persona, para siempre. ¡Amén! (Gálatas 4:4; 1 Timoteo 2:5; Romanos 9:5; Filipenses 2:6).

 

¿Por qué se requería que Cristo, el Mediador, fuese Dios?

 

A fin de que Él pudiera sostener y mantener la naturaleza humana de que colapsara bajo la infinita ira de Dios y el poder de la muerte (Hechos 2:24-25; Hebreos 9:14); para dar validez y eficacia a Sus sufrimientos y obediencia; para satisfacer la justicia de Dios (Romanos 3:24-26); para obtener el favor de Dios (Efesios 1:6); para adquirir un pueblo en particular (Tito 2:13-14) y darles Su Espíritu; para conquistar a todos sus enemigos; y para darles salvación eterna (Hebreos 5:8-9; 9:11-15).

 

¿Por qué se requería que Cristo el Mediador fuese hombre?

 

Para que Él pudiera avanzar nuestra naturaleza (Hebreos 2:16), cumplir la Ley (Gálatas 4:4), hacer intercesión por nosotros en nuestra naturaleza (Hebreos 2:14; 7:24-25), e identificarse con nuestras debilidades (Hebreos 4:15); para que pudiéramos recibir adopción como hijos (Hebreos 4:5) y tener confianza y acceso al trono de la gracia (Hebreos 4:16).

 

B.    Los Oficios de Cristo

 

Enseñamos y creemos que Jesucristo nuestro Señor es el único y eterno salvador de la humanidad a lo largo de toda la historia de redención. En Cristo, las personas eran salvas antes de la ley, bajo la ley, a lo largo de los Evangelios, y hasta el final del tiempo.

 

¿Qué oficios ejecuta Cristo como nuestro redentor?

 

Durante el curso de la historia de la redención y hasta el presente, Cristo asume varios oficios y funciones en procurar la redención y edificación de Su Iglesia.

 

1.Cristo el Apóstol (Juan 5:30) - Él fue “enviado” para hacer la voluntad del Padre y cumplir el orden del Viejo Pacto, estableciendo y constituyendo así el Nuevo Pacto como la base de nuestra fe común (Hebreos 3:1; Hebreos 10:1, 5-9). ¿Cómo ejecutó el oficio de un apóstol? (la palabra apóstol significa enviado). Él fue “enviado” de Dios Padre en el cumplimiento del tiempo (Gálatas 4:4) para vivir en Su humanidad para cumplir los siguientes objetivos de Su misión:

a.Él vino a revelar al Padre y modelar una relación ejemplar entre Padre e Hijo (Juan 14:9-11).

b.Él vino a reformar la Ley de todas las tradiciones de los hombres y cumplirla en nuestro nombre, viviendo personalmente una vida en obediencia perfecta y perpetua y en conformidad a la Ley (Mateo 5:17-18; Hebreos 5:8-9). Él también vino a revelar y cumplir todo lo que Dios había hablado por medio de los profetas (Lucas 24:16, 25-27, 31, 44-46).

c.Él vino a buscar y a salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel y también a las de los gentiles para reunirlas en un solo rebaño, dándoles la vida eterna de Dios y Su Reino (Lucas 12:32; Juan 10:10-11; 14-16; 17:2-3).

d.Él vino a realizar todas las obras que el Padre le había dado y finalmente a entregar Su vida y volverla a tomar tal como había sido autorizado y comisionado por el Padre (Juan 4:34; 5:36; 6:37-40, 41; 10:17-18; 17:4; 19:30).

e.Él vino a destruir las obras del pecado, la muerte, el diablo, y a anular las maldiciones de la Ley, triunfando sobre ellas en la cruz (1 Juan 3:8; Hebreos 2:14; Colosenses 2:14).

f.Él vino a establecer y edificar Su Iglesia sobre la revelación de Él mismo según Su diseño divino, y a gobernarla según Su dirección (Mateo 16:16-18; Efesios 1:21-22).

 

g.Él vino a establecer Su Reino en la tierra como en el cielo, extendiéndolo por toda la tierra por medio de la Iglesia (Mateo 16:18-19; Efesios 1:17-22).

 

2.Cristo el Profeta (Juan 4:19) - Él vino a revelar la Palabra y la voluntad de Dios y a cumplir las Escrituras proféticas (1 Pedro 1:10-12), en todas las cosas concernientes a la salvación y la edificación de la Iglesia (Hebreos 1:1-2; Juan 1:18; Hechos 3:19-21; 20:31-32).

 

3.Cristo el Evangelista (Isaías 42:6-7) - Él vino a llevar las buenas nuevas del pacto de la gracia y del Reino a los pobres de espíritu, a sanar a los quebrantados de corazón, abrir los ojos de los ciegos, liberar a los cautivos y los oprimidos, proclamar el año del jubileo (Isaías 62:1-2; Lucas 4:17-18); y a proclamar a Sión, la Iglesia: “¡Tu Dios reina!” (Isaías 52:7; Hebreos 12:22-23).

4.Cristo el Pastor Principal (Isaías 40:10-11; Hebreos 13:20; 1 Pedro 5:4) - Él vino como el buen pastor a buscar, encontrar y llamar a sus ovejas por nombre, sabiendo que ellas oirían Su voz porque el Padre las capacitaría y las atraería a Él. Por ellas Él entregó su vida como rescate de modo que pudieran recibir vida abundante (Juan 5:21; 17:2). Prometió que Él las alimentaría, guiaría, guardaría y preservaría hasta el día de su resurrección (Juan 10:3-4, 11, 14-15, 26-27; 6:44).

5.Cristo el Maestro (Juan 3:2) - Él vino a enseñar con autoridad la doctrina de Dios de que la salvación (nuevo nacimiento) del hombre es el principal medio para “ver” y “entrar” en el Reino de Dios. Y, a enseñar sobre la ética y los misterios del Reino y Su evangelio de la gracia basado en el Nuevo Pacto (Juan 3:3, 5; Mateo 13; 26:26-29; Juan 6).

 

 6.Cristo el Sacerdote (Hebreos 7:22-28) - Él vino a vivir, ministrar y cumplir todos los requisitos justos de la Ley y finalmente satisfacer la justicia divina. Al así hacerlo, Él puso término al orden del Viejo Pacto del tabernáculo mosaico (templo), el cual incluía: leyes ceremoniales, ritos de circuncisión, sacrificios, lavamientos de purificación (bautismos), fiestas, días de reposo, ordenanzas sacerdotales (rociado de sangre, unción de aceite), etc. Todos estos elementos del orden del Viejo Pacto representaban figuras y tipos que anunciaban la reforma de todas las cosas en Cristo, siendo Él el cumplimiento, la sustancia y la forma personificada de ellas (Hebreos 8:1-13; 9:1-11, 12-15). Al así hacerlo, Él sustituyó el viejo y estableció el Nuevo Pacto basado en mejores promesas y en un sacerdocio eterno según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:1-7, 8-12, 13-28). Habiéndonos reconciliado por el derramamiento de Su sangre, Él nos hizo ser uno con Él en espíritu y verdad, y Él vive siempre para interceder por nosotros y ministrar bendiciones espirituales y materiales del Nuevo Pacto.

7.Cristo el Rey (Apocalipsis 1:5) - Él vino a llamar del mundo a un pueblo para Sí mismo (Ekklesia, la Iglesia). Él les dio oficiales, leyes y censuras, por medio de los cuales Él visiblemente los gobierna. Él otorga gracia salvadora a los escogidos, recompensando su obediencia y corrigiéndoles por sus pecados, guardándoles y apoyándoles en todas las tentaciones y sufrimientos, refrenando y venciendo a todos sus enemigos, y ordenando poderosamente todas las cosas para Su propia gloria y el bien de ellos. Él también ejecuta venganza contra el resto, aquellos que no conocen a Dios y no obedecen el evangelio (Hechos 15:14-16; Salmos 110:1-3; Génesis 49:10; Isaías 55:4-5; 33:22; 63:9; Mateo 18:17-18; Hechos 5:31; Apocalipsis 22:12; 2:10; 3:19; 1 Corintios 15:25; Romanos 14:10-11; Romanos 8:28; 2 Tesalonicenses 1:8-9; Salmos 2:8-9).

8.Cristo el Anciano (Daniel 9:13, 22; Isaías 9:6-7; Apocalipsis 1:12-14) - Él vino como el consejero de Dios para juzgar con justicia y gobernar en los asuntos de los hombres según el discernimiento del Espíritu y de la Palabra de Dios, y no según las apariencias externas de los hombres (Juan 2:24; 12:34-35; Mateo 15:7-9, 10-11; 18-20). En Él están ocultos todos los tesoros del conocimiento y la sabiduría (Colosenses 2:3, 7-8, 9-10, 18-19).

 

9.Cristo el Diácono (Marcos 10:42-45) - Él vino como el siervo sufriente para servir según la voluntad revelada de Dios en todos los momentos de Su vida y ministerio (Isaías 53); a ministrar compasivamente alivio a las debilidades de las personas y suplir sus necesidades particulares. Finalmente, dejó un ejemplo de servicio como Su legado a Sus discípulos en cada etapa de la historia de la Iglesia (Juan 13).

C.   Los Estados o Condiciones del Cristo Manifestado

 

1.Su estado eterno - Él es el Hijo de Dios en quien el Espíritu y la Palabra de Dios son personificados (Juan 1:1-2; Génesis 1:1-3; Colosenses 1:15-19).

 

2.Su estado prometido - este estado abarcaba desde la primera promesa hecha en la Escritura con respecto a su venida a la tierra para redimir a la humanidad hasta su cumplimiento final en Su encarnación (Génesis 3:15, comparar con Gálatas 4:4). Esto incluye todas las promesas proféticas dentro del canon de la Escritura, que van desde el libro de Génesis hasta el libro de Malaquías.

3.Su estado de encarnación - este estado está registrado por los Evangelios y representa la vida y el ministerio de Cristo en Su humanidad. Representa:

 

a.Su concepción y nacimiento (Juan 1:14; Lucas 1:27, 31, 35, 42).

 

b.Su humillación en la vida - Él se humilló a Sí mismo y se sometió a Sí mismo a la Ley. Él fue afligido por las indignidades del mundo, las tentaciones del pecado y las debilidades en Su carne, en todos los aspectos que eran comunes al hombre. Él puso a un lado Su grandeza celestial (Filipenses 2:5-9; 2 Corintios 8:9) para adoptar forma humana.

c.Su muerte - Él se humilló a sí mismo en la muerte siendo traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos, burlado y rechazado por el mundo, condenado por Pilato, y atormentado por sus perseguidores. Él fue afligido con los terrores de la muerte y las potestades de la oscuridad, sintiendo y llevando el peso de la ira de Dios. Él entregó Su vida como ofrenda por el pecado, soportó el dolor, la vergüenza y la muerte de cruz (Mateo 27:4; 26:55; Isaías 53:2-3; Mateo 27:26-50; Juan 19:34; Lucas 22:44; Mateo 27:46; Isaías 53:10; Filipenses 2:8; Hebreos 12:2; Gálatas 3:13).

d.Después de la muerte - la humillación de Cristo continuó después de Su crucifixión. Su cuerpo fue enterrado y continuó muerto durante tres días, lo cual ha sido expresado con estas palabras: Él descendió al infierno (1 Corintios 15:3-4; Salmos 16:10; Hechos 2:24-27, 31; Romanos 6:9; Mateo 12:40).

 

e.Su resurrección - Cristo fue exaltado en Su resurrección. Él no vio corrupción en la muerte (la muerte no le retuvo), teniendo el mismo cuerpo en el cual sufrió, con las propiedades esenciales de ese cuerpo (pero sin mortalidad y otras debilidades pertenecientes a la vida), unido juntamente con Su alma, resucitó de la muerte al tercer día por Su propio poder, y así Él se declaró a Él mismo el Hijo de Dios al haber satisfecho la justicia divina y haber conquistado la muerte y su poder. Fue declarado Señor de vivos y muertos. Todo lo cual lo hizo como persona pública. Él se convirtió en Cabeza de la Iglesia. Él justificó y regeneró a la Iglesia en gracia, la defendió contra todos sus enemigos y le aseguró la resurrección de la muerte en el último día (Hechos 2:24, 27; Lucas 24:39; Romanos 6:9; Apocalipsis 1:18; Juan 10:18; Romanos 1:4; 8:34; Hebreos 2:14; Romanos 14:19; 1 Corintios 15:21-22; Efesios 1:20-23; Colosenses 1:18; Romanos 4:25; Efesios 2:1, 5-6; Colosenses 2:12; 1 Corintios 15:20).

 

f.Su ascensión - Cristo fue exaltado en Su ascensión después de haberse aparecido y conversado con Sus discípulos durante cuarenta días acerca del Reino de Dios. Él procedió a comisionarles para que predicaran el evangelio a todas las naciones. Entonces, visiblemente, subió hasta lo más alto de los cielos para recibir dones para los hombres, elevar nuestros afectos hacia las cosas de arriba donde Él actualmente se sienta y continuará estando hasta su segunda venida (Hechos 1:2-3; Mateo 28:18-20; Hebreos 6:20; Efesios 4:8; Hechos 1:9-11; Efesios 4:10; Salmos 68:18; Colosenses 3:1-2; Hechos 3:21).

 

g.Su entronamiento - Cristo es exaltado al rango más alto sentándose a la diestra de Dios Padre, con toda la plenitud de gozo, gloria y poder sobre todas las cosas en los cielos y la tierra. Allí Él hace intercesión continuamente por todos Sus elegidos, basándose en los méritos de Su obediencia y sacrificio cuando estaba en la tierra; respondiendo acusaciones y procurando para ellos una conciencia en paz a pesar de sus fracasos diarios; dándoles así acceso con confianza al trono de la gracia y aceptación de sus personas y servicios (Filipenses 2:9; Salmos 16:11; Efesios 1:22; Romanos 8:33-; Hebreos 4:16; 34; Salmos 110:1; Hebreos 1:3).

h.Su nueva venida - Cristo será exaltado en Su nueva venida para juzgar al mundo en justicia y recompensar a los santos que reinarán con Él para siempre. Esto sucederá el último día, cuando Él regrese con gran poder en plena manifestación de Su gloria y la de Su Padre. Sus santos ángeles gritarán con voz de arcángel y con trompeta de Dios (Hechos 3:14-15; Mateo 25:31; 1 Tesalonicenses 4:16; Hebreos 9:27-28).

 

IV.   Soteriología: La Doctrina de la Salvación

 

 A.  Los Decretos Eternos de Dios

 

Los decretos de Dios son Sus propósitos eternos según el consejo de Su voluntad para Su propia gloria. Son lo que Él ha ordenado de antemano para que se cumpla, especialmente con respecto a Su Hijo (Gálatas 4:4) y la Iglesia que está compuesta por los elegidos y predestinados para la adopción como hijos (Efesios 1:4-6). Dios no es el autor del pecado, ni tampoco viola la voluntad de Sus criaturas. Más bien Él la establece.

1.La doctrina de la elección y predestinación eternas - La elección divina según la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento fue declarada por los profetas, por Cristo mismo y por los apóstoles. La elección eterna, la predestinación y el llamado efectivo han de ser considerados doctrinas fundamentales que definen la identidad de la Iglesia universal. Estas doctrinas están todas ellas arraigadas en Cristo, siendo Él tanto la cabeza como el fundamento de la Iglesia. La Escritura revela que antes de la fundación del mundo fuimos escogidos “en” Cristo (Efesios 1:4). Dios predestinó (decidió de antemano) adoptarnos en Su propia familia llevándonos a Él mismo “MEDIANTE” Jesucristo (Efesios 1:5). “EN” Él usted ha “oído” la palabra de verdad, las buenas nuevas (evangelio) de su salvación, y ha creído “EN” Él y ha confiado en Él, y fue sellado con el sello del Espíritu Santo prometido (Efesios 1:13).

 

El principio de la elección habla de ser escogido y apartado “del” resto “para” Dios mismo. El acto de escoger está arraigado en Su propia voluntad (no la voluntad del hombre). El principio de la predestinación habla de “propósito” o de un “fin” (destino) que Dios pre-ordenó (“pre” es un prefijo que significa antes) antes de que se estableciese la fundación de la tierra (Efesios 1:4). Y “LLAMAMIENTO” tiene que ver con el acto soberano de Dios de tomar la iniciativa hacia el hombre y capacitarle eficazmente por el Espíritu Santo para oír “con su oído interior espiritual” el llamado de Dios. Este “llamado interior” normalmente viene mediante la proclamación del evangelio bajo la unción del Espíritu de Dios. Todo esto es una manifestación de Su amor incondicional según el consejo de Su propia voluntad (intención y propósito).

 

Una ilustración actual de estas verdades y principios sería cuando alguien procede a llamar a otra persona utilizando un teléfono. Antes de llamar, primero se determina el propósito de la llamada; después se escoge a quién llamar, basándose en el propósito de la llamada de entre muchos nombres en un directorio; y finalmente se procede a emplear todo el esfuerzo y los medios necesarios para hacer efectiva esa llamada para contactar a la persona que se quiere que reciba la llamada. En el momento en que el receptor es capacitado para responder, él/ella progresivamente es consciente de que se ha entablado una conversación y de las intenciones, propósitos y motivaciones de la persona que ha llamado. Antes de eso, las intenciones y los propósitos de quien llama, aquel que escogió y predestinó la conversación, eran desconocidos. Se consideraban un “misterio” porque se pensaba en ellos como “la sabiduría y el conocimiento de la voluntad ocultos” de la persona que hizo la llamada.

 

De manera parecida, las personas escogidas por Dios experimentan lo mismo. En esa elección, la predestinación y el llamado según la Escritura contienen un elemento del misterio de Dios. Como creyentes en Cristo, somos hechos conscientes de las maravillas del misterio de Dios contenidas en estas doctrinas de la gracia cuando experimentamos por primera vez nuestro llamado a la salvación y comenzamos a aprender progresivamente lo que la Escritura revela sobre ellas hasta que nuestra fe es desarrollada y acepta el testimonio de ellas.

 

Creemos que todos los descendientes en Adán y de Adán murieron como consecuencia del pecado original: cuando Adán transgredió el mandamiento de Dios debido a su desobediencia (Efesios 2:1-4; Romanos 5:12-21). Dios entonces se manifestó tal como Él es: siendo a la vez justo y misericordioso. Misericordioso en cuanto a que, según Su agrado soberano (voluntad), Él escogió entre toda la raza humana (caída mediante la propia culpa del hombre) a cierto número de personas para ser redimidas en Cristo, quien desde la eternidad fue nombrado para ser el Mediador y la Cabeza de los elegidos y el fundamento de su salvación. Aquellos que son efectivamente redimidos por Cristo, son llamados eficazmente a la fe en Cristo por Su Espíritu a su debido tiempo, y son justificados, adoptados, santificados y guardados por Su poder, mediante la fe, para salvación eterna. Por otro lado, Él es justo. Según el inescrutable consejo de Su propia voluntad, Él retrae su misericordia tal como quiere, dejando a otros en la perdición en la que ellos mismos se han involucrado, para la gloria de Su gloriosa justicia. Por tanto, Dios es glorificado al administrar su justo juicio basado en Sus propios mandamientos justos hacia aquellos que por propia voluntad los transgreden, y justo a medida que Él administra justa misericordia y gracia a quienes Él ha escogido según Su propia voluntad y agrado. El hombre se queda sin ningún terreno espiritual, moral o legítimo para cuestionar Su justicia.

 

Esta elección no se basaba en ninguna fe prevista o ninguna buena cualidad o condición encontradas dentro del hombre, sino únicamente sobre la base del agrado de Dios que pudiera resultar en la alabanza de Su gloriosa gracia (Efesios 1:6, 12, 14). Esta declaración llega a aceptarse cuando reconocemos y creemos el testimonio de la Escritura con respecto a la descripción de la condición espiritual del hombre delante de Dios (no como el hombre se ve a sí mismo basándose en su propio punto de referencia). Básicamente, el hombre (la humanidad en general) después de la Caída es descrito como espiritualmente ciego, sordo, ignorante, desobediente, rebelde y esclavo de su propia naturaleza pecaminosa y corrupta. Y debido a esta naturaleza está bajo la ira de Dios; está muerto en delitos y pecados, y es incapaz de salvarse a sí mismo o prepararse a sí mismo para la salvación. En realidad, el hombre en su condición de pecado no está consciente de su necesidad de salvación. Aun más, no desea ni cree que necesite salvación.

 

La buena voluntad de Dios es el único iniciador de su misericordiosa elección hacia el hombre que está “espiritualmente muerto en pecado” (Romanos 9:11-13; Hechos 13:48); estableciendo así la elección en Cristo como la fuente de toda bendición espiritual con respecto a la salvación (véase Efesios 1:3-4) de la cual proceden la redención, el perdón, el llamamiento, la fe, la justificación, la santidad, la adopción, la herencia, etc. (Efesios 1:4, 5-22).

 

2.Efectos de la doctrina de la elección en el creyente - la doctrina de la elección proporciona a los hijos de Dios un sentido de certeza con respecto a la aceptación y el amor incondicional del Padre y de Jesucristo. Produce humillación diaria delante de Él y adoración por la profundidad de Sus misericordias y el perdón de pecados. Hace que devolvamos con gratitud un ardiente amor por Él, quien primero manifestó tan grande amor hacia nosotros a la luz de nuestra anterior condición espiritual pecaminosa y no regenerada.

3.Respuesta con respecto a objeciones a esta doctrina - para aquellos que murmuran de la gracia gratuita de la elección y de la justa gravedad de la reprobación, citamos al apóstol Pablo: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: «Por qué me has hecho así»?” (Romanos 9:20, 21-29; Isaías 29:16; 45:9). Y citando las palabras de nuestro Salvador: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” (Mateo 20:15). Por tanto, con santa adoración de estos misterios, exclamamos con palabras del apóstol Pablo: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:33-36).

 

4.Consejos sobre la administración de esta doctrina - la doctrina de los decretos eternos de Dios tal como se relaciona con la elección, predestinación y llamado, debería manejarse con especial prudencia y en el fruto del Espíritu, de modo que resulte en alabanza, reverencia, admiración de Dios, humildad, diligencia (Colosenses 3:12-17) y abundante consolación para todos aquellos que sinceramente obedecen el evangelio. (Para otras referencias de la Escritura relacionadas con esta doctrina, véase: Efesios 1:3-6; 1 Pedro 1:1-2,5; Santiago 1:13,17-18; Romanos 8:28-31, 32-39;   9:11, 13, 16, 18; 11:5-6; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Tesalonicenses 5:9-10; Tito 2:14; Lucas 10:20; Juan 6:64-65; 8:47; 10:26; 13:18; 17:1-3,9; 1 Juan 2:19; Mateo 11:25-26; Romanos 9:17-18; 21-22; 2 Timoteo 2:19-20; Judas 4; 1 Pedro 2:8-9; Deuteronomio 29:29) .

 

B.    Llamado Efectivo y Regeneración

 

A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado y elegido para recibir vida eterna (Hechos 13:48), Él los llama efectivamente en Su momento designado y oportuno mediante Su Palabra y Su Espíritu (Gálatas 1:15-16). Su Palabra, al ser espíritu y vida, les libra de su estado pecaminoso y de la muerte, y cambia su naturaleza mediante el proceso de regeneración (Tito 3:5; Efesios 2:1). El Espíritu Santo ilumina sus mentes para entender la Palabra de Dios quitando su corazón de piedra y dándoles un corazón de carne. Él renueva la voluntad de ellos y mediante Su poder los atrae efectivamente a Jesucristo. Ellos acuden libremente habiendo sido hechos dispuestos por Su gracia (Romanos 8:30; 11:7; Efesios 1:10-11; 2 Tesalonicenses 2:13-14; 2 Corintios 3:3,6; Romanos 8:2; Efesios 2:1-5; 2 Timoteo 1:9-10; Hechos 26:18; 1 Corintios 2:10,12; Efesios 1:17-18,19; Ezequiel 36:27; Juan 6:37, 44-45; Salmos 110:3; Romanos 6:16-18).

C.    Justificación por Gracia Mediante la Fe

 

Creemos que a quienes Dios llama efectivamente, también los justifica libremente. Él hace esto basándose en el sacrificio de Su propio Hijo, quien cumplió en Él mismo todos los requisitos justos de la Ley por el mérito de Su obediencia perfecta, perpetua y personal. Jesucristo cargó sobre sí mismo todos nuestros pecados (pasados, presentes y futuros) y en nuestro lugar, Él absorbió plenamente la ira de Dios, satisfaciendo así totalmente la justicia de Dios. Como resultado, Dios, siendo un Juez justo, absolvió (perdonó) todos nuestros pecados y transgresiones una vez para siempre, librándonos de culpabilidad y condenación. Él nos imputó gratuitamente (acreditó a nuestra cuenta) justicia, decretando y declarando así judicialmente e irrevocablemente que somos justos en Jesucristo. Esta justicia se recibe por la fe, que es un don que nos es dado por su Espíritu y su Palabra, y que nos capacita para creer en Él y en el sacrificio que Él hizo (Romanos 8:30; 3:24; Romanos 4:5-8; 2 Corintios 5:19,21; Romanos 3:22; 24-25, 27-28; Tito 3:5, 7; Efesios 1:7; Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30-31; Romanos 5:17-19; Hechos 10:44; Gálatas 2:16; Filipenses 3:9; Hechos 13:38-39; Efesios 2:7-8).

 

D.   Adopción: ¿Qué es la Adopción?

 

La adopción es un acto de la gracia gratuita de Dios mediante la cual todos aquellos que han sido justificados en Su único Hijo Jesucristo son recibidos con amor incondicional y aceptación en Su amada familia. Al haber recibido Su nombre y el espíritu de adopción, ellos ahora disfrutan de las libertades y los privilegios de ser los hijos de Dios, y tienen acceso al trono de la gracia. Con confianza pueden clamar: Abba, Padre, y recibir consuelo, protección, provisión y, cuando sea necesario, disciplina y castigo por Dios Padre. Sin embargo, ellos nunca son rechazados, sino sellados por el Espíritu Santo hasta el día en que sus cuerpos sean redimidos (glorificados) y hereden la gloriosa promesa como herederos de la salvación eterna (Efesios 1:5; 2:19-22; Gálatas 4:4-6; Romanos 8:15,17; Juan 1:12; Jeremías 14:9; 2 Corintios 6:18; Apocalipsis 3:12; Salmos 103:13; Proverbios 14:26; Mateo 6:30,32; 1 Pedro 5:7; Hebreos 12:4-6; Lamentaciones 3:31; Efesios 4:30; Hebreos 6:12; 1 Pedro 1:3-4; Hebreos 1:14).

 

E.    Santificación

 

¿Cómo se relacionan justificación y santificación?

 

La santificación es la obra de la gracia, mediante la cual somos continuamente transformados y conformados a la imagen de Cristo, muriendo cada vez más al pecado y viviendo para la justicia. El proceso de santificación afecta a todo nuestro ser; nuestras mentes son renovadas a la verdad de Dios; nuestras emociones son sanadas y restauradas; y nuestra voluntad es liberada para hacer aquello que agrada al Señor (1 Tesalonicenses 5:23; Romanos 12:1-2). Este proceso es imperfecto en esta vida debido a lo que queda de corrupción residiendo dentro de las facultades de nuestra alma. Esta corrupción causa una guerra continua e irreconciliable entre los deseos del Espíritu y los de la carne (nuestra naturaleza carnal y corrupta), que llega por medio de tentaciones y deseos engañosos que nos hacen caer en pecado; obstaculizan nuestro servicio espiritual, y hacen que nuestras mejores obras sean imperfectas y profanas delante de Dios (Efesios 4:17-21).

 

¿Dónde está nuestra esperanza en el proceso de santificación?

 

Crecemos en la gracia a medida que aprendemos a reconocer y a aceptar nuestras debilidades, a la vez que creemos que el Espíritu de Cristo santificador continuamente nos proporciona Su fortaleza en el poder del amor y la verdad, de modo que la parte regenerada de nuestro ser vence nuestras debilidades, dando como resultado la santidad perfecta en el temor de Dios. Esto se hace en el contexto de una relación de amor y de restauración (2 Corintios 11:30; 12:8-9, 10; Efesios 4:15-16; Efesios 3:14-21).

 

En resumen, la santificación es inseparable de la justificación, y a la vez difieren en muchas maneras. En el proceso de justificación, Dios imputó la justicia de Cristo al creyente mientras que en la santificación Su Espíritu infunde al creyente gracia que le capacita para producir frutos de Su justicia. En la justificación, el pecado es perdonado, mientras que en la santificación el pecado es sometido. En la justificación, el creyente es libre de la ira vengadora de Dios, y es hecho perfecto en esta vida, sin caer nunca en condenación. En la santificación, el creyente está en un constante proceso de ser cambiado, perfeccionado, madurado y siempre creciendo (2 Corintios 6:11; Filipenses 3:12-14; Romanos 8:33-34). Sobre la base de la justificación, Dios sigue perdonando los pecados del creyente; y aunque él nunca puede caer del estado de justificación, puede mediante sus propios pecados sentir el desagrado de Dios y querer humillarse a sí mismo, renovar su fe y/o arrepentirse a fin de restaurar la luz de Su rostro (Salmos 89:31-33; 51:7-12; 32:5; 1 Corintios 11:30, 32).

 

F.    Preservación y Perseverancia

 

Los creyentes son capaces de perseverar porque Dios mediante Su poder los guarda para salvación eterna. En otras palabras, ellos no pueden caer totalmente y finalmente del estado de gracia, sino que en ella ciertamente perseveran hasta el final, y son eternamente salvos (Filipenses 1:6; 2 Pedro 1:10; Juan 10:28-29; 1 Juan 3:9; 1 Pedro 1:5, 9; 1 Tesalonicenses 5:23-24; Judas 24).

 

Seguridad de gracia y salvación

 

Los hipócritas y otras personas no regeneradas vanamente se engañan a ellos mismos con falsas esperanzas y suposiciones carnales cuando creen que tienen favor delante de Dios y se merecen la salvación. Su esperanza pronto perecerá. Sin embargo, aquellos que verdaderamente creen en el Señor y le aman con sinceridad, esforzándose por caminar con buena conciencia delante de Él, pueden en esta vida tener ciertamente la seguridad de que están en el estado de gracia, y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, esperanza que nunca les hará ser avergonzados (Romanos 5:1-5; Juan 8:41; Mateo 7:15-23, 24-29; Romanos 8:16-17, 24, 31-39; Judas 3-4, 8-5; 2 Timoteo 2:10, 19; 1 Juan 5:13).

 

 V.  La Ley y el Evangelio

 

Diferencias en perspectivas teológicas relacionadas con la Ley y el evangelio han existido por muchos siglos. Específicamente, con respecto a los puntos más delicados de su preciso acuerdo y diferencias, aquello que fue descontinuado y lo que continúa, y las diferencias entre las dos dispensaciones: la de Moisés y la de Cristo. No pretendemos explicar por completo la complejidad de este tema dentro de este segmento de nuestras creencias. Nuestra meta es hacer afirmaciones declarativas con respecto a lo que creemos que la Escritura enseña sobre la relación entre la Ley y la gracia dentro del contexto más amplio de comparar y contrastar el Viejo y el Nuevo Pacto. Hacemos esta comparación y contraste teniendo en mente al Cristo crucificado y Su resurrección. En otras palabras, usaremos Su cruz como filtro para determinar qué elementos de la dispensación mosaica terminan en la cruz, volviéndose así obsoletos; y qué elementos concretos del pacto mosaico, si es que hay alguno, siguen teniendo relevancia para el creyente del Nuevo Pacto.

 

Pero antes de hacerlo, comencemos primero declarando que la Escritura menciona definitivamente que hay una importante distinción entre el Viejo y el Nuevo Pacto; entre Ley y gracia; y entre Moisés y Cristo (Juan 1:17; Hebreos 8:13; Hebreos 3:1-6). En segundo lugar, reconocemos que una de las principales razones por las que los cristianos están en desacuerdo sobre el lugar de la Ley mosaica en la vida del creyente es porque el Nuevo Testamento mismo contiene versículos y frases que parecen apoyar conclusiones opuestas (Mateo 5:18-19; Romanos 3:31; 7:12; Santiago 1:25; Romanos 10:4a; 6.14-15; Hebreos 7:12). Esta ha sido una importante controversia a lo largo de las dos últimas décadas, a medida que hemos sido testigos de un tremendo resurgir de interés en el estudio de la Ley mosaica; una búsqueda de las personas para descubrir sus “raíces judaicas”; los movimientos mesiánicos dentro de la cristiandad; y el estudio de la profecía relacionada con los últimos tiempos (escatología) con respecto a Israel como nación geopolítica, refiriéndose a ella con frecuencia como “el reloj profético” de Dios.

A.   Lo que Creemos Sobre el Evangelio

 

El evangelio es eterno porque está basado en el pacto eterno (Apocalipsis 14:6, comparar Hebreos 13:20). Su contenido y realidad fueron concebidos y consumados dentro del consejo de la Deidad de la Trinidad (E.R.A. Elección por el Padre; Redención mediante el Hijo y redención Aplicada por el Espíritu Santo). Todos los beneficios redentores para el pueblo escogido de Dios con respecto a su herencia eterna fueron ya determinados en la eternidad (Hebreos 9:14; Apocalipsis 13:8; Efesios 1:3-11).

 

1.La promesa del evangelio de Jesucristo fue profetizada a lo largo de todas las Escrituras del Antiguo Testamento (1 Pedro 1:10-12; Romanos 1:1-5; 3:21-22; Lucas 4:43; Gálatas 3:8).

 

2.El contenido del evangelio de Jesucristo se define en términos de gracia y verdad (Juan 1:17).

3.El evangelio de Cristo es un evangelio tanto de gracia como de Reino (Marcos 1:1; Hechos 20:24.25).

4.Las buenas nuevas (evangelio) del Nuevo Pacto son que es mucho mejor que el Viejo Pacto (Hebreos 8).

5.El evangelio de Cristo es poder de Dios para salvación a todo aquel que es capacitado por el Espíritu para creer, y revela dentro de su contenido su mensaje fundamental de “justificación por la fe” como la base para la salvación de la ira de Dios (Romanos 1:16-17, 18).

 

6.Esperamos que el evangelio sea confirmado con la consecuente evidencia de vidas transformadas, señales, sanidades y milagros.

7.El evangelio es el principal propósito por el cual los ministros son llamados y la vara de medir de Dios para evaluar su fidelidad y eficacia (Romanos 1:1-5).

8.El evangelio está en marcado contraste con la ley; porque la Ley obra ira y anuncia maldiciones, pero el evangelio predica gracia y bendiciones (Juan 1:17).

9.El evangelio fue administrado primeramente por Dios mismo al hombre caído en el huerto de Edén; después fue anunciado a los patriarcas y los profetas; más adelante fue representado por los sacrificios y ceremonias de la ley; y finalmente, completado y cumplido por su Hijo unigénito (Génesis 3:15; Génesis 22:17-18; Génesis 28:14; Romanos 1:2; Hebreos 1:1; Juan 5:46; Hebreos 10:7-8; Romanos 10:4; Hebreos 13:8).

 

B.    La Ley en Relación con el Evangelio de Gracia

 

Lo que nosotros creemos...

 

El evangelio de la gracia según el pacto eterno fue establecido antes del pacto mosaico; por tanto, no puede anular sus promesas ni sustituir su mensaje (Gálatas 3:16-18).

 

El propósito por el cual se dio la Ley al hombre en relación con el evangelio es el siguiente: para servir como maestro en conducir al transgresor de la Ley hacia ser justificado por la fe en Cristo (Gálatas 3:24). La Ley logra esto enseñando y revelando el carácter moral perfecto de Dios en términos de Su santidad y Su justicia (Romanos 7:12). Así, la Ley por el Espíritu Santo (Juan 16:7-11) crea una conciencia de la pecaminosidad del hombre y magnifica su depravación haciendo que sea odiosa para él (Romanos 7:7-8). Esto hizo que el hombre quedase sin excusa alguna delante de Dios bajo la convicción de su pecado y su merecido juicio (Romanos 3:19). La Ley frustró los esfuerzos del hombre para cumplirla, reconociendo su incapacidad de vivir según su orden para agradar a Dios. La Ley no podía producir ningún cambio en el hombre debido a la debilidad de la carne; por tanto, una vez que la Ley hubo cumplido su propósito de dar convicción al hombre de su pecado delante de Dios (1 Timoteo 1:8-11) y su merecido juicio según la Ley, es entonces cuando el corazón ha sido arado (preparado) para recibir la SEMILLA incorruptible prometida (Génesis 3:15; Gálatas 3:16) del evangelio de Cristo para redimir al hombre de las maldiciones y de la condenación de la Ley (Gálatas 3:13).

 

Solamente mediante el evangelio de Jesucristo es que tanto judíos como gentiles son justificados y reconciliados con Dios (Efesios 3:1-7); Por lo tanto, dándole a ambos grupos acceso al Padre por el mismo Espíritu y haciéndoles una nueva creación, un nuevo hombre, un cuerpo, una familia, un templo (Efesios 2:10-22), una ciudad (la Jerusalén celestial, Gálatas 4:21-31); una nación santa (1 Pedro 2:9); un Reino; un Israel (Gálatas 6:13-14) y una Iglesia (Efesios 1:21-22).

 

El evangelio es la buena noticia de que Cristo cumplió la Ley (613 leyes estaban incluidas en el Decálogo) y nos redimió de sus maldiciones y su condenación, y en cambio nos ha justificado sobre la base de Su sacrificio. Ahora tenemos a Cristo, el cumplidor de la Ley, viviendo en nuestro interior. Así que, la Ley ha sido y será continuamente cumplida en nosotros a medida que vivamos por el Espíritu de Cristo que proporciona la vida y el poder para cumplir la Ley (Decálogo). La ley moral está escrita en nuestros corazones y su naturaleza no es contraria a la del Espíritu Santo, porque son uno en el mismo. Sin embargo, debemos hacer hincapié en que no vivimos según la Ley, porque ella representa la regla de Dios de su carácter moral, sino en la persona, presencia y poder del Espíritu Santo que nos capacitan para vivir en conformidad a su norma moral y producir el fruto de ella (Hebreos 8:1-13; Gálatas 5:22-23).

 

En resumen, creemos y enseñamos que esta Ley (Decálogo) no fue dada a los hombres para que pudiéramos ser justificados al guardarla sino que, por el conocimiento de ella, pudiéramos reconocer nuestra debilidad, pecado y condenación, y así, al haber perdido la esperanza en nuestra falta de fortaleza, acudir a Cristo por la fe.

C.Arrepentimiento: Una Respuesta Requerida al Evangelio

 

Creemos que el evangelio contiene la doctrina del arrepentimiento en su mensaje porque así lo dijo nuestro Señor en el Evangelio de Lucas: “y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lucas 24:47). El arrepentimiento para vida es una gracia evangélica, la cual debe ser predicada por todo ministro del evangelio, al igual que la fe en Cristo (Marcos 1:15; Hechos 20:21).

 

¿Qué es verdadero arrepentimiento? El don del arrepentimiento, producido en el corazón del pecador por el Espíritu y la Palabra de Dios, hace que el pecador se vea no sólo desde un sentimiento de peligro, sino también desde el reconocimiento de que sus pecados son sucios y odiosos delante de Dios, viéndolos como contrarios a la santa naturaleza de Dios y Su justa Ley; y al recibir su misericordia mediante Cristo es penitente; por tanto, él se entristece por sus pecados y los aborrece, alejándose de ellos y proponiéndose caminar con Dios de todas las maneras en que Él manda y dirige (Salmos 51:4; 2 Corintios 7:11).

D.   La Abolición de la Ley Ceremonial

 

Creemos y enseñamos que las ceremonias y figuras de la Ley cesaron (no continuaron) con la venida de Cristo, en cuanto a que eran sombras y tipos y encontraron su terminación y cumplimiento en Él. Que su uso debería ser abolido por los cristianos; sin embargo, su verdad y sustancias siguen con nosotros en Cristo. Creemos que los testimonios tomados de la Ley y de los profetas nos confirman en la doctrina del evangelio, y sirven para regular nuestra vida en toda honestidad para la gloria de nuestro Dios, según Su voluntad (Hebreos 8:13; 9:-11; 10:1, 2-7; Romanos 10:4; Gálatas 5:2-4; 3:1; 4:10-11; Colosenses 2:8-17, 18-23).

 

E.    Nuestra Libertad Cristiana en el Evangelio

 

Concerniente a ritos, ceremonias y cosas indiferentes

 

Reconocemos que bajo el Viejo Pacto había ciertas ceremonias que “enseñaban” a aquellos que estaban bajo la Ley, como un tutor. Pero con la venida de Cristo, la Ley fue eliminada para todo aquel que cree. Ahora ya no vivimos bajo la Ley (Romanos 6:14). Como tal, sus ceremonias también han cesado. Los apóstoles estuvieron lejos de retenerlas o mantenerlas como tradiciones, y tampoco estaban a favor de establecerlas como cargas sobre las iglesias gentiles recién establecidas (Hechos 15:28). Si lo hubieran hecho, habrían regresado a un sistema judaico de ceremonias y ritos de manera similar a la iglesia judía. Si los primeros apóstoles no practicaron las ceremonias y ritos que fueron designados por Dios en una época, pero que ahora no continúan en virtud de haber sido cumplidos en Cristo, ¿quiénes somos nosotros para insistir en imponer cualquiera de esas prácticas? Cuanto mayor sea el número de ceremonias, más disminuye nuestra libertad cristiana. Debemos mantenernos enamorados por Cristo, y solamente en Él tenemos fe completa y absoluta. No debemos intercambiar nuestra intimidad con Él por vanas ceremonias que no tiene ningún significado o cuyo significado ha sido cumplido en Cristo.

 

Sin embargo, por amor debemos mostrar respeto, aceptación y tolerancia hacia aquellas iglesias que insisten en practicar ceremonias y ritos (Romanos 14). Solamente Dios es Señor de la conciencia, y sólo Él puede liberarla de las doctrinas y mandamientos de hombres. Solamente Él ilumina el entendimiento en cuanto a los asuntos pertenecientes a la fe y la adoración que son contrarios a la Palabra de Dios. Pero si después de que la mente sea iluminada, la persona procede a seguir practicando tales ritos, ordenanzas y/o doctrinas de hombres, él o ella están traicionando la verdadera libertad de su conciencia.

 

Otro asunto de libertad que necesitamos abordar es en relación con aquellos que presumen de la libertad cristiana como base para practicar pecado, o para conservar cualquier lujuria. Al así hacerlo, destruyen la libertad cristiana, la cual en su verdadera esencia es ser liberado de todas las trampas y el engaño del pecado.

 

VI.   Eclesiología: La Doctrina de la Iglesia

 

 A.  La naturaleza de la Iglesia

 

Al creer que hay un solo Dios y mediador entre Dios y el hombre, Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5), y que hay un pastor de todo el rebaño, una Cabeza de Su Cuerpo, un Espíritu, una fe, un bautismo, una esperanza, un Señor, un pacto, se deriva que hay solamente una Iglesia universal (católica).

 

1.Dos aspectos de la naturaleza de la Iglesia

a.La Iglesia universal (católica) se refiere al Cuerpo de Cristo como que es místico y eterno, compuesto por todos los creyentes elegidos y redimidos que han sido llamados en el pasado, el presente y el futuro; aquellos que ya están en el cielo y quienes están presentes en la tierra en todo el mundo (Efesios 1:4-6, 21-22; 3:14-15). La Iglesia está compuesta por judíos y gentiles siendo reconciliados por el evangelio según el Nuevo Pacto.

 

b.La iglesia local - es la expresión tangible de la Iglesia universal en una localidad dada. La Iglesia universal está compuesta por todas las iglesias locales establecidas en todo el mundo (Mateo 18:15-20).

 

La membresía de la Iglesia es establecida por su Cabeza (Cristo) a medida que Él se revela a sí mismo, Él añade a la Iglesia a todos los que han de ser salvos con el propósito de discipular, de tener comunión, adorar, de mayordomía, administración, equipamiento, liderar y enviar para hacer avanzar la obra del Reino (Hechos 2:47; 5:13-14; 8:37; 11:24).

B.    El Concepto Ciudad-Iglesia

 

Creemos que la Escritura del Nuevo Testamento revela que la Jerusalén celestial está representada aquí en la tierra en forma de la Iglesia de Jesucristo (Hebreos 11:8-10; 12:18-24; 11:13-14, 15, 16; 13:4; Gálatas 4:21-31; Efesios 2:19-22; 1 Pedro 2:4-5,6-8; Apocalipsis 21-22).

 

1.La edificación de la Iglesia (Mateo 16:13-19)

 

Cristo está edificando la Iglesia sobre la plena revelación de Él mismo como el diseño y modelo de Dios para manifestarse dentro de la vida de la Iglesia.

 

Es edificada sobre el fundamento de apóstoles y profetas (Efesios 2:19-22). Los apóstoles y profetas son responsables de llevar a la Iglesia la revelación del “diseño” de Dios, la cual revela todas las especificaciones y orden secuencial del proceso de edificación, como:

 

a.Establecer doctrinas fundamentales del pacto de gracia

b.Comunicar visión, misión, propósito, valores y creencias

c.Establecer orden y estructura de gobierno

 

d.Discipular, equipar y formar a los santos para la obra del ministerio

 

e.Crear estrategias, coordinar y movilizar a líderes según sus dones y sus tareas

f.Discernir la voz de Dios y responder a la guía del Espíritu

g.Llevar la carga del Señor por ciudades, regiones y naciones

 

C.    Los Ministerios de la Iglesia

 

Creemos que Cristo sigue ministrando por medio de los dones ministeriales que Él ha dado a la Iglesia mediante el Espíritu Santo. Como tal, creemos en las operaciones de los dones que se mencionan en la Escritura y se indican a continuación (Efesios 4:8-12; 1 Corintios 12:3-8; 28; Romanos 12:4-8; 1 Pedro 4:10).

 

 

Dones ministeriales

Dones de poder

Dones organizacionales

Apóstoles

Palabra de conocimiento

Administración

Profetas

Palabra de sabiduría

Ayudas

Evangelistas

Discernimiento de espíritus

Liderazgo

Pastores

Palabra de profecía

Exhortación

Maestros

Don de lenguas

Servicio

 

Interpretación de lenguas

Enseñanza

 

Fe

Dar

 

Dones de sanidad

 

 

Obrar milagros

 

 

D.   El Gobierno y Quienes Llevan el Oficio de la Iglesia (Filipenses 1:1; 1 Corintios 12:28; 3:9-10)

 

Creemos en el gobierno teocrático de Dios tal como se revela en las Escrituras del Antiguo y el Nuevo Testamento; en que Dios soberanamente elige, llama, unge, prepara y establece a Sus líderes. Este gobierno teocrático tal como se revela en el patrón del Nuevo Testamento es según Su orden apostólico (Efesios 4:11-12; 1 Corintios 12:28; Tito 1:5-7; 1 Pedro 5:1-4; 1 Timoteo 3; Filipenses 1:1; Hebreos 3:1,6; Hechos 13:1-4; Hechos 14:14; 20-28; 15:1-4). Hay básicamente cuatro esferas de autoridad espiritual identificadas en una iglesia local: apóstoles, ancianos/obispos, diáconos y santos (Filipenses 1:1). Nosotros creemos en el patrón paulino y el proceso de establecer el gobierno de la iglesia local tal como se resume en las siguientes palabras: “Todos los santos son llamados a servir fielmente según sus dones; sin embargo, no todos los santos necesariamente aspiran o están calificados para ser diáconos; pero los que sí lo desean antes deben ser probados como santos fieles que sirven al Cuerpo. No todos los diáconos desean el oficio de anciano/obispo, pero deben ser probados como diáconos y hacer la obra de un anciano antes de ser reconocidos e instalados como anciano/obispo. Y no todos los ancianos necesariamente son llamados a uno de los oficios ministeriales quíntuples, sino que deben primero ser probados según los criterios bíblicos para los ancianos (1 Timoteo 3; Tito 1:5-7). Las etapas requeridas que un creyente debe atravesar a fin de ser establecido en cualquier oficio de gobierno de la Iglesia son las siguientes:

 

1. Establecido en las doctrinas de la gracia y del evangelio

2. Probado como discípulo y siervo

3. Haya recibido confirmación y exhortación proféticas

4. Probado en el carácter mediante pruebas y responsabilidades

5. Funcione y produzca frutos antes de ser instaldo en el oficio

6. Situado en el oficio
Todo este proceso es una colaboración entre el ministro principal de una iglesia local y el ministerio apostólico supervisor y equipador, con el que hay una relación orgánica y es reconocido en su función y autoridad.

VII.Escatología: Doctrina de las Últimas Cosas

Creemos y nos suscribimos a una escatología de esperanza y dominio. Creemos que la Iglesia está llamada a ser militante (no físicamente violenta) y triunfante en  su  empeño por hacer avanzar el Reino de Cristo; esto a pesar de las muchas pruebas y sufrimientos que debe soportar en el proceso de proclamar el evangelio de la gracia y del Reino con valentía y a la vez en un espíritu de amor y humildad.

 

 

Un Resumen de la Escatología de Dominio

 

(Tomado de “Paraíso Restaurado”, página 223, por David Chilton)

 

  Tesis de Esperanza

 

 

1. La Biblia nos enseña que tengamosesperanza, que no nos desesperemos, a esperar victoria y dominio por el evangelio, no luchar y ser derrotados.

2. La profecía bíblica es escrita en ambos lenguaje, literal y simbólico. La decisión no es entre “literalismo” o “simbolismo”, sino entre un método bíblico y especulativo de interpretación de la Biblia.

3. Salvación es re-creación. En la redención, Jesucristo restaura al hombre a la imagen de Dios.

4. La salvación y sus bendiciones son presentadas en la Biblia como definitiva, progresiva y final.

5. Nosotros no somos salvos fuera de nuestro ambiente, sino que la salvación trabaja para restaurar la tierra en su totalidad. El Monte Santo de Dios (el huerto) crecerá hasta llenar el mundo entero.

6.Dios bendice la obediencia y maldice la desobediencia. Este patrón será dominante según la historia progresa.

7.A través de generaciones de obediencia, el justo se volverá competente y poderoso, mientras que el injusto se volverá débil e impotente.

8.Los malvados son “raptados” primero (Ej. sacados de la tierra y desheredados), mientras que los justos van en aumento tomando posesión de todas las cosas.

9.Jesucristo vino como el Hijo del Hombre (el segundo Adán), para establecer el Reino de Dios en la tierra.

10.Las profecías bíblicas que hablan de que Cristo reinaría como Rey fueron cumplidas cuando Cristo se sentó en el trono en Su Ascensión.

11.La profecía de Daniel del Hijo del Hombre “viniendo en las nubes” fue realizada en la Ascensión de Cristo.

12.Jesucristo definitivamente derrotó y ató a Satanás y sus demonios en Su Expiación, Resurrección y Ascensión.

13.El Reino fue establecido durante la Primera Venida de Cristo (incluyendo el Juicio del año 70 D.C.); está ahora mismo en progreso y seguirá aumentando hasta el fin del mundo.

14.El Israel “natural” como estado político fue ex-comunicado por su apostasía y nunca jamás será el Reino de Dios.

15.El Reino ahora está compuesto de todos (judíos y gentiles) quienes han sido redimidos por Jesucristo.

16.La Iglesia es ahora el Templo de Dios, habiendo sida investida por el Espíritu Santo en Pentecostés y completamente establecida cuando se destruyó el Viejo Templo en el año 70 D.C.

17.El Discurso del Monte de los Olivos (Mateo 24, Marcos 13, y Lucas 21) no es acerca de la Segunda Venida de Cristo. Es una profecía de la destrucción de Jerusalén que ocurrió en el año 70 D.C.

18.La Gran Tribulación tuvo lugar en la Caída de Israel. No se volverá a repetir, por tanto, no es un evento futuro (aunque los cristianos por las edades han tenido que soportar sufrimientos por causa de su fe).

19.La Biblia no profetiza que literalmente algún Templo o sistema de sacrificios va a ser establecidos en Jerusalén. Las profecías bíblicas acerca del Templo se refieren a Cristo y Su Iglesia, definitivamente, progresivamente y finalmente.

20.Aunque Israel algún día será restaurado a la verdadera fe, la Biblia no nos dice acerca de ningún plan futuro para Israel como una nación especial.

21.El lenguaje bíblico de de-creación (el “universo que está colapsando”) es simbólico del juicio de Dios, especialmente recordando el Diluvio y las plagas de Egipto en el Éxodos.

22.El Anticristo es un término usado por Juan para describir la apostasía de la Iglesia cristiana antes de la Caída de Jerusalén. En general, cualquier apóstata o maestro o sistema puede ser llamado “anticristo”, pero la palabra no se refiere a ningún “Fuehrer” futuro.”

23.La “Gran Apostasía” sucedió en el primer siglo. Por lo tanto, nosotros no tenemos ninguna garantía bíblica para esperar que la apostasía crezca según la historia progresa; en su lugar, debemos esperar un aumento en la cristianización del mundo.

24.Los Últimos Días es una expresión bíblica para el periodo entre la Primera Venida de Cristo y la destrucción de Jerusalén en el año 70 D.C.: los “últimos días de Israel.

25.Antes de la Segunda Venida de Cristo, la vasta mayoría de judíos y gentiles se convertirán a la fe cristiana.

26.Todos los enemigos de Cristo están siendo gradualmente sujetados bajo Su Reino desde el cielo. Él permanecerá en el cielo hasta que todos sus enemigos sean derrotados. El último enemigo, la Muerte, será destruido cuando Él regrese.

27.Jesucristo regresará en el Último Día, cuando la Resurrección y el Último Juicio tomarán lugar.

28.El Rapto y la Segunda Venida ocurrirán juntos.

29.Habrá una Resurrección de todos los hombres; el justo será levantado para vida eterna, el malvado será levantado para eterna condenación.

30.La preocupación principal de la profecía es la conducta ética: obediencia a los mandatos de Dios.

31.El Canon de la Escritura fue cerrado en año 70 D.C., cuando el Antiguo Pacto terminó.

32.El libro de Apocalipsis no debe interpretarse “futurísticamente”; para los lectores del primer siglo, este mensaje era contemporáneo, y el tiempo de su cumplimiento estaba “cercano”.

33.La “Bestia” del Apocalipsis era un símbolo de ambos, Nerón en particular y el Imperio Romano en general.

34.El “Falso Profeta” simbolizó el liderato religioso judío.

35.La “Ramera” simbolizó la apóstata Jerusalén, la cual dejó de ser la Ciudad de Dios.

 

36.El “Milenio” es el Reino de Jesucristo, el cual Él estableció en Su Primera Venida.

37.La “Primera Resurrección” es una resurrección espiritual: nuestra justificación y regeneración en Cristo.

 

38.Los “mil años” de Apocalipsis 20 es simbólico para un gran número de años – seguramente muchos miles.

 

39.Todos los cristianos son sacerdotes en esta era; todos los cristianos están ahora sentados en lugares celestiales en Cristo. 

40.La Nueva Creación ha comenzado ya: La Biblia describe nuestra salvación en Cristo, ahora y en la eternidad, como “un nuevo cielo y una nueva tierra.”

41.La “Nueva Jerusalén,” la Ciudad de Dios, es la Iglesia, ahora y para siempre.

42.El centro de la reconstrucción cristiana del mundo es la Iglesia. La esencia de la religión bíblica, y la fuente de la cultura cristiana, es la adoración a Dios.
43.La adoración y gobierno de la Iglesia son oficialmente reconocidos en la Corte celestial. Cuando la Iglesia pronuncia juicios legales, son ejecutados en la tierra, en la historia, a través de la administración providencial de Dios en el mundo.

44.El objetivo cristiano para el mundo es el desarrollo universal de repúblicas teocráticas bíblicas, en las que cada área de la vida es redimida y puesta bajo el señorío de Jesucristo y gobernada por la ley de Dios.

 

45.El estándar cristiano para éticas en cada área – para individuos, familias, negocios y gobiernos – es ley bíblica. El cristiano no puede satisfacerse con “pluralismo,” porque su llamado es para trabajar para el dominio de Jesucristo y Su reino a través del mundo. La prosperidad para el mundo vendrá de Jesucristo, y de Jesucristo solamente.